El coronavirus plantea problemas éticos: una visión de las opciones que se están tomando en Kenya

Muchos países del mundo están adoptando medidas para prevenir la propagación de la epidemia de COVID-19, entre ellas el mantenimiento de la distancia social y la observación de la higiene personal.

Muchas personas están trabajando ahora a distancia para evitar la interacción con sus colegas. Se han cerrado instituciones educativas y religiosas para evitar grandes reuniones de personas.

En Kenya, se ha exigido a las personas que regresan del extranjero que se pongan en autocuarentena durante al menos 14 días antes de que puedan seguir con su vida normal. Esto ha pasado a ser obligatorio y se está llevando a las personas a instalaciones identificadas por el gobierno a sus expensas.

El gobierno de Kenya también ha impuesto un toque de queda del anochecer al amanecer. Además, se ha aconsejado a los residentes de Nairobi, Mombasa, Kwale y Kilifi que no salgan de sus condados.

Cuando se leen en conjunto, estas medidas plantean ciertas preocupaciones existenciales y éticas. Restringir el movimiento y obligar a la gente a quedarse en casa podría minimizar el riesgo de propagación del virus. Pero estas medidas plantean serios problemas económicos para los que trabajan en el sector informal. Sus medios de vida dependen de los ingresos diarios. La incapacidad de buscar trabajo empeorará la pobreza y el sufrimiento.

La realidad de la pobreza extrema frente al control de enfermedades en Kenya y en otros lugares presenta un verdadero dilema. El movimiento incontrolado de personas aumenta el riesgo de propagación del virus. Pero si la gente no puede moverse libremente para ganarse la vida, hay un mayor riesgo de hambre y hambruna. De cualquier manera, parece que hay una elección desagradable que deben tomar tanto el gobierno como el pueblo.

Mientras el gobierno de Kenya se esfuerza por resolver este dilema debe haber una consideración equilibrada de las decisiones. Debe dar prioridad a las medidas que maximicen los beneficios y minimicen los daños para la mayoría de los ciudadanos. La voz de la mayoría pobre de Kenya tiene que tener más peso en la negociación.

Satisfacer las necesidades básicas
Los gobiernos y otros responsables de la formulación de políticas tienen la obligación de velar por que se reduzca al mínimo la propagación del virus. Sin embargo, en entornos de recursos limitados como Kenya, el equilibrio entre la prevención de un mayor número de infecciones por el COVID-19 y la realidad subyacente de la pobreza, la falta de empleo y los sistemas de atención sanitaria deficientes representa un gran desafío.

Los países desarrollados pueden permitirse amortiguar los efectos del coronavirus en los servicios públicos y en las personas. Y se están haciendo esfuerzos similares en otros países de Europa, Asia y Australia. En África, donde muchas economías están luchando, los paquetes de estímulo pueden ser una tarea difícil. Gran parte del continente sigue dependiendo de la ayuda y los préstamos para el desarrollo, especialmente en situaciones de crisis.

Por ejemplo, Kenya recibió recientemente un préstamo de 50 millones de dólares del Banco Mundial para apoyar la respuesta de emergencia del país a la pandemia COVID-19. Los principales beneficiarios serán las personas infectadas, las poblaciones en situación de riesgo, el personal médico y de emergencia, las instalaciones médicas y de análisis y los organismos nacionales de salud.

Es posible que pasen varias semanas antes de que las personas de base se beneficien de la financiación. Sin embargo, sus necesidades son demasiado inmediatas para que se produzcan retrasos. Es cierto que el Presidente Uhuru Kenyatta anunció un plan de estímulo para impulsar la debilitada economía de Kenya, pero algunos han argumentado que el esfuerzo impulsado por los impuestos beneficiará más a los ricos que a los pobres.

Según el informe de la Red de Asesoramiento sobre la Pobreza Crónica de 2018, casi el 80% de los kenianos son pobres de ingresos o están cerca del umbral de la pobreza. En diciembre de 2019, Kenya tenía una tasa de desempleo del 9,31%. Los datos del Instituto de Asuntos Económicos indican que el sector no estructurado -que emplea a más del 80% de la población activa de Kenya- suele estar asociado con una remuneración baja e irregular. Así pues, la mayoría de los empleados del sector son pobres.

Así pues, cuando el Gobierno de Kenya alentó a la gente a quedarse a trabajar en casa, muchas personas con empleo en el sector no estructurado lo hicieron a regañadientes. La principal preocupación de muchas familias es que si el sostén de la familia no trabaja ni siquiera un solo día, se producirá una hambruna. De hecho, miles de residentes del barrio marginal de Kibra en Nairobi causaron una estampida mientras buscaban ayuda alimentaria a pesar del riesgo de que se congregaran en masa.

Esto refleja los temores de millones de personas en toda África, donde se han impuesto cierres y toques de queda. Algunos kenianos han indicado que prefieren morir de una pandemia que de hambre.

Interés superior
El gobierno puede permitir que la gente continúe con su vida normal y se arriesgue a la propagación del virus, o bien obligar a la gente a quedarse en casa donde los que tienen trabajos informales perderían la oportunidad de satisfacer las necesidades básicas de sus familias. Por supuesto, si tuviera la capacidad – o es la buena voluntad? – de aplicar medidas de estímulo como las de los Estados Unidos, Europa y otros lugares, no habría ningún dilema del que hablar.

Kenya ignoró los llamamientos para restringir los vuelos internacionales al país cuando el nuevo coronavirus fue declarado pandémico. El gobierno siguió adelante y permitió que un vuelo procedente de China aterrizara en el Aeropuerto Internacional Jomo Kenyatta con 239 pasajeros a bordo.